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China: tan lejos, tan cerca

Con el avance tecnológico y el desarrollo del mundo de las comunicaciones, las distancias se acortaron, los destinos remotos se acercaron, las culturas extrañas ya son cotidianas, los sabores exóticos se tornaron familiares y el lenguaje se volvió común. Sin embargo, aún quedan barreras infranqueables en ciertos sitios alrededor del orbe que se incorporaron más tarde a la globalización. China deambula por estas dos realidades opuestas. De lejanía y cercanía, de eso se trata este paseo por el gigante asiático.

“¿Cuál es tu signo en el horóscopo chino?”, me preguntó Claudia, quien fuera mi guía de turismo en Beijing, capital de China. Le respondí: “Conejo”. Luego de la transformación abrupta de la expresión de su cara, me explicó que iba a ser un año difícil para mí, porque ocurría cuando coincidían el signo y el año. “Pero con ponerte una cinta roja, la mala suerte suele atenuarse”, me calmó Claudia.
Esa fue la primera muestra de una característica de China, que la vería plasmada en varios lugares y costumbres, y que podría resumirse en la palabra “superstición”. Efectivamente, en mi viaje por el gigante asiático descubrí que todos los negocios en sus umbrales cuelgan esferas coloradas rematadas con borlas doradas para “atraer la buena fortuna”. En otra oportunidad me dijeron que algunas construcciones antiguas tienen un escalón en la entrada para que “los demonios no ingresen a las viviendas”. Y que obligatoriamente llevara conmigo como recuerdo, pero fundamentalmente, como amuleto de la suerte, algún adorno hecho en jade.
Sin embargo, detrás de esas creencias populares que a los ojos de los occidentales constituyen una simple “superstición”, en realidad se esconde una rica raigambre cultural-religiosa con fuerte presencia del taoísmo, una de las principales religiones del pueblo chino. En síntesis, esta doctrina se basa en tao que “todo lo hace, pero aparenta no hacer nada”. El taoísmo no opone resistencia a las leyes del universo, por lo cual adopta una actitud pasiva. Si el destino está prefijado, los simples mortales tendrán que esperar o adherir a ciertas prácticas para tratar de torcer la suerte. Criaturas mitológicas como el dragón y su par femenina el ave fénix, símbolos ligados a la naturaleza, así como cuentos y leyendas, se amparan en siglos de historia que, desde mi lugar de forastera, exploraré para comprender los infinitos meandros de la cultura oriental.
Si esa parafernalia me resultó extraña, ni hablar de la comida, el idioma, los usos y costumbres, la fisonomía urbana, la gente. Una de las razones de ese exotismo es sin duda la lejanía: nos separan nada menos que 19 mil km. o unas 26 horas de vuelo, que con escalas y esperas pueden transformarse en 30. La distancia se siente. Será por eso que si tenemos alma de aventureros, China nos parecerá el destino perfecto para desandar porque, a pesar de que en los últimos años se abrió al mundo, aún conserva la tentación irrefrenable de lo exótico.

LEJANA Y EXOTICA.
Al llegar a Beijing adelanté mi reloj –¡12 horas!¬–, una enormidad que mi cuerpo no soportó y durante varios días me lo hizo sentir. Pedía descanso al principio del día, y entrada la noche se ponía vital. De hecho, cuando aterricé en la capital china ¬¬–a las 21¬ horas– mi ser irradiaba la energía de quien recién se levanta a la mañana, así que opté por recorrer las calles aledañas al hotel –el Península–, ubicado en Wangfujing. A tres cuadras de allí todas las noches se levanta una feria gastronómica de unos pocos puestos, que para mí resultó una perfecta carta de presentación de lo que es la comida en este lejano país.
Si bien los sabores orientales calaron hondo en los últimos años en Argentina y en el mundo, en la feria no pude identificar ningún plato, excepto los paquetitos de masa de arroz cocinados al vapor que también se ven por estas latitudes en el barrio chino. El resto, una incógnita: un tiburón en miniatura, erizos de gran tamaño, una especie de gusanos gelatinosos, frutas –¿o verduras?– blancas en forma de hexágonos, grillos e insectos varios. Y toda esa mixtura extraña de productos irradiaba un aroma difícil de describir en palabras, no por lo feo, sino por lo diferente.
Los restaurantes también mantienen para los occidentales el misterio sobre sus platos, qué contienen y cómo los preparan. No sirven insectos, pero nunca supe de qué estaban rellenos esos raros buñuelos, o de qué gusto era la gelatina amarilla que saboreé. Y por qué la mujer china que estaba en la otra mesa se sirvió tomate como postre. Lo que sí es seguro es que como bebida toman té acompañando todas las comidas, y si uno pide un simple vaso de agua seguramente lo traerán caliente.
Obviamente que quise indagar sobre las preparaciones pero en la mayoría de los casos me resultó imposible, excepto cuando estuvo conmigo la guía de turismo de habla hispana. Todos los carteles y leyendas están en chino y poca gente habla inglés. En la era de las comunicaciones, el diálogo allí es imposible. Hasta el lenguaje de señas es diferente. Así, alguna vez que tuve que tomar un taxi para regresar al hotel, resultó realmente una hazaña, porque no nos entendíamos con mi interlocutor. Moraleja: antes de partir, hay que anotar las direcciones del destino al que se quiere ir en escritura china.

LO IMPRESCINDIBLE DE BEIJING.
A la luz del día Beijing exhibe con orgullo su inmensidad. Lo que en el mapa figura como una cuadra, en realidad son como cinco de las nuestras. La mayoría de las calles ostenta el tamaño de grandes avenidas al estilo de la 9 de Julio porteña, las veredas están preparadas para recibir a millones de habitantes –en China hay algo más de 1.400 millones– y lo mismo cabe decir de las plazas. Todo fue ideado a gran escala, casi como emulando el modelo milenario de la Gran Muralla.
Así que Beijing es una ciudad más para circular en vehículo que para caminar. Para desandar están los sitios de interés, como el Palacio Imperial, la plaza Tian ‘Anmen, el Palacio de Verano y el Templo del Cielo, cada uno de ellos de dimensiones grandilocuentes, por eso es recomendable destinar un día y medio para poder apreciar todo el conjunto.
Otrora denominada Ciudad Prohibida en alusión a que constituía una parte de la urbe cerrada para la prole, solo habitada por la familia imperial y su entorno servil, hoy el Palacio Imperial fue abierto al público, tras varios años y varias reformas políticas. Recordemos que China fue gobernada por diversas dinastías imperiales desde 221 a. de C. hasta 1949, cuando se declara la República Popular China y sobreviene el comunismo. A fines de la década del 70 se inicia el ciclo de apertura y gran crecimiento económico que se coronó en los últimos años.
Como el Palacio de Versalles de París pero en versión oriental, el Palacio Imperial es una estructura enorme con cientos de salones y construcciones (70 edificios palaciegos) e historias ocultas bajo los velos del poder. Sirvió de residencia a 24 emperadores, entre 1421 y 1911, y a 8 a 10 mil personas, que ocupaban 8.706 habitaciones. En vez de frisos en los techos como suelen tener los palacios europeos, descubrí dorados esmaltados sobre la madera; en lugar de arañas de cristal, encontré lámparas más simples con algún detalle en color rojo; mientras que la decoración barroca forma parte del Viejo Continente, en China prima lo sencillo. Dragones custodiando los portales, esculturas en madera y escrituras en chino e incensarios, todo está cargado de simbolismo a la usanza oriental.
El paseo sigue por la plaza Tian ’Anmen, una explanada inmensa que cubre un área de 50 hectáreas con varios edificios, uno de ellos coronado por la imagen de Mao Tse Tung. Epicentro de importantes acontecimientos históricos, como la proclamación de los emperadores o la revuelta de la plaza Tian’Anmen en 1989, aún hoy es sede de eventos políticos. Fui testigo de uno de ellos, pues durante mi estadía se estaba realizando un congreso del Partido Comunista.
La marejada de autos, bicicletas, motos eléctricas, carros tipo mototaxis y transeúntes es una constante en Beijing. Hay mucho de todo eso y, lo peor, es que el tránsito es muy desordenado, con el uso constante y sonante de la bocina y poco respeto hacia el otro. Este panorama no me amedrenta para llegar en vehículo al Palacio de Verano, que constituye precisamente un oasis de tranquilidad en el caos citadino.
Construido a la vera del lago artificial Kunming en 1750, fue luego restaurado y embellecido por la emperatriz Cixi en 1899, un personaje bastante excéntrico de la historia que hizo construir un pasillo techado de 750 m. para moverse por el palacio sin preocuparse por las inclemencias del tiempo y en cuyo techo se plasman más de 14 mil pinturas del pasado de China.
Para el día siguiente dejo el Templo del Cielo, utilizado por los emperadores durante el solsticio de invierno. Levantado a principios del siglo XV, ocupa una superficie importante y está conformado por una serie de templos de planta circular de gran belleza.
Dejando por un momento el paseo histórico, camino por Jianguomennei rumbo al mercado de Seda. El paisaje vira hacia lo moderno, con rascacielos, edificios de oficinas y embajadas. El mercado en cuestión parece una copia de La Salada local, donde precisamente se vende mucha mercadería de origen chino. Una panorámica del lugar me muestra productos de marca a precios inverosímiles y un acoso permanente de los vendedores que, sin embargo, logran convencerme para llevar varias prendas.

UNA MURALLA MUY FAMOSA.
Para acceder a la Gran Muralla lo mejor es tomar una excursión, ya que dista a 75 km. de Beijing, y además se aprovecha para hacer otras visitas en el camino. Como un dragón ondulante que avanza a lo largo de 7 mil km. desafiando montañas, cultivos, provincias y ciudades, esta imponente construcción habla de la historia de China, desde el siglo VII a. de C. cuando los reinos erigieron paredones de tierra para frenar a los bárbaros. Pero fue con la dinastía Shi Hoang Ti que las obras se llevaron adelante a lo largo de 5 mil km. Desde ese momento cada dinastía aportó lo suyo, incluso muchos hombres dejaron sus recursos y hasta sus vidas por la muralla.
Solo los astronautas pueden tener una idea real de la magnitud de esta obra colosal. Mis ojos alcanzaron a ver unos pocos kilómetros, pues la zigzagueante construcción se escondía errante en las alturas de un cerro.
El paseo se completó con un recorrido por las tumbas de la dinastía Ming, que reinó entre 1369 y 1644, cuando florecieron diversas manifestaciones artísticas y se consolidó el sentimiento de identidad del pueblo chino.
El Cloisonne data de esa época: se trata de una técnica artesanal muy usada en los famosos jarrones chinos, que consiste en realizar dibujos con finas piezas de alambre a modo de contorno. Luego se rellena con pintura y se cuece, repitiendo varias veces este proceso. Generalmente la excursión de la Gran Muralla incluye una visita a una fábrica –en mi caso conocí la Golden Palace– donde me hice una idea de la infinita paciencia de estos artesanos.
El jade es otro de los sellos made in China utilizado hace más de 5 mil años por su firmeza, luego devenido en símbolo de riqueza y más tarde como amuleto de la suerte, siendo “la esencia del cielo y la tierra”, según la cosmología china. Más allá de todo lo que el jade envuelve, hoy constituye un verdadero arte que se refleja en la forma de cortarlo y moldearlo para dar lugar a objetos, ornamentos y joyas muy requeridas. Pero ¡atención! cuidado con las falsas copias. El lugar que yo visité se llama Run-Ze Jade Garden, donde todo es original, aunque los precios un poco elevados.

DESAFIANDO LA MODERNIDAD.
Caminé por la peatonal que se abría a pocas cuadras del hotel –justo en la intersección con la feria gastronómica–, me topé con tiendas y shoppings, todas de grandes dimensiones como para no desentonar con el entorno. Seguí rumbo hacia el Palacio Imperial y di con un paisaje distinto que desafiaba incólume el advenimiento de la modernidad: eran antiguas viviendas que se refugian intramuros y callejuelas angostas, todo bajo un mismo tono gris que le dan los ladrillos y los techos.
Los hutongs –así se llaman las arterias de antaño– hoy se abrieron al mundo del turismo, lo que implica que las viviendas devinieron en pequeñas tiendas que conservan el estilo originario. También hay comidas al paso y, por supuesto, bastante tránsito de bicicletas, mototaxis e incluso algún que otro auto que intenta escabullirse en las estrechas arterias.

SHANGAI, COMO LAS URBES OCCIDENTALES .
Más secular que china, Shanghái –la mayor ciudad del país– copia en mucho a Nueva York, Londres y París tanto en su fisonomía como en la vida cotidiana. Desde el mismísimo momento de mi llegada, la urbe me retrotrae a otros horizontes en continentes lejanos. Un ejemplo es el tren de alta velocidad que cubre del aeropuerto a la urbe en 8 minutos a casi 430 km/h, casi como el TGV francés.
Caminé por Huaihai Road en el área de Puxi, donde se encuentra la zona antigua –aunque ya en sentido figurado porque la modernidad aquí arrasó con todo– y me imaginé paseando por la 5° Ave. neoyorquina. Como esta última, asoman desde amplias y lujosas vidrieras joyas de Tiffany, carteras de Louis Vuitton y autos Ferrari. Ninguna de las tiendas escatima en metros ni tampoco en precios.
Esta arteria conduce hasta Xintiandi, epicentro de la movida nocturna, donde se concentran restaurantes de cocinas de todo el orbe, bares, música y más tiendas de diseño. Un lugar para mirar y ser mirado. Pero más allá de toda frivolidad, el lugar es interesante, pues se trata de un área antigua que fue recuperada y adaptada. Así, es posible acceder a los shikumen, que son viviendas tradicionales erigidas a principios del siglo XX, con ladrillo a la vista y arcadas.
Sin rumbo definido ni mapa en mano me topé con Nanjing, otra arteria comercial que en este caso es peatonal y que rebalsa de gente. Ahí caí en la cuenta de que China es el país más habitado del planeta. En el momento en que me paré frente a la vidriera de Nike Store irrumpió un hombre que en un rudimentario inglés me dijo que tenía las mismas zapatillas para venderme pero un 50% más económicas. Sucede que con la apertura de la economía floreció un mercado paralelo, con copias casi exactas de los productos originales, pero a precios irrisorios.
Sin embargo, en Zhongshan eso no ocurre porque allí se encuentran los edificios más antiguos como la Aduana, y casi no hay comercios. Lo lindo de esa calle es que se abre junto al río Huangpu a la vera del cual se levanta la otra parte de la ciudad: Pudong, con sus rascacielos de diseño vanguardista y sus edificios ultramodernos.

EL ARTE DE LAS FLORES.
El conglomerado urbano en el que toma protagonismo el tránsito permanente de motos, bicicletas, autos y buses tiene un aditamento particular. Las arterias están flanqueadas por canteros cuyas plantas y flores están delicadamente cuidadas formando dibujos dignos de artistas. Incluso calles secundarias, plazas y muros cuentan con algún detalle que le prodigó la naturaleza y que el hombre ayudó a decorar.
Esa imagen representó un buen preludio de algunos sitios de interés imperdibles tanto en Shanghái como en las afueras: los jardines. Pero no como los que conocemos los occidentales, sino algo bastante parecido al Jardín Japonés que tenemos en Buenos Aires. Un sendero que se bifurca entre árboles y arbustos, pasa por construcciones de tono oriental, y termina entre piedras y estanques.
Así es el Jardín Yu Yuan, ubicado en la zona norte de la ciudad, que fue construido en el siglo XVI por un funcionario de la dinastía Ming para sus padres que no podían trasladarse porque eran mayores. Ingresar allí es sumergirse en un oasis de tranquilidad dentro del movimiento incesante de la gran urbe.
De vuelta al mundo terrenal, el de las calles atiborradas de vehículos y gente, descubro junto al jardín un puñado de construcciones de estilo tradicional. Se trata de un shopping a cielo abierto con tiendas de souvenirs, comestibles y también baratijas chinas similares a las que conocemos del barrio porteño de Once. Y en el medio del anárquico bazar encontré una rareza: un negocio que vendía ¡churros!
Otra visita recomendada es al templo del Buda de Jade, erigido en el siglo XX, que conserva varios monumentos de Buda que fueron especialmente traídos de Birmania en 1882. Los dos más importantes son el Buda Durmiente y el Buda Sentado.

VIAJE HACIA EL PASADO.
Viajar a Zhouzhuang es transportarse hasta otros tiempos –unos 900 años– o hacia otros confines como Venecia –de hecho se la denomina “la Venecia de Oriente”–. Se trata de una apacible villa surcada por angostos cursos de agua con botes construidos a la usanza oriental y viviendas al tono, con techos cuyas puntas se redondean mirando al cielo.
Allí no hay sitios de interés importantes, sino que la propia ciudad es “el lugar” para conocer. Por lo tanto, lo mejor es deambular por sus estrechas veredas que dan al canal e ingresar en las tiendas donde se exhiben artículos artesanales. Caminar por los puentes, asomarse a las viviendas –la mayoría de ellas sin remodelar– y dar un paseo en bote.
Como no circulan vehículos, la tranquilidad forma parte del paisaje. Elegí sentarme en un bar, cuyas ventanas se abrían directamente al canal y ver pasar la vida, como lo hace la mayoría de los habitantes que están sentados a la vera del agua mientras tejen, pescan o tallan en madera.
Esta bucólica villa fue el corolario perfecto de una excursión de día completo que tuvo otras paradas intermedias igualmente interesantes. Suzhou fue una de ellas, distante a 80 km. de Shanghái, conserva un típico jardín oriental: The Lingering. En el camino pasé por una fábrica de seda para conocer de cerca el proceso de elaboración y, ¿por qué no? llevarme algún recuerdo de auténtica seda china.
El paseo continuó por el Grand Canal y la parte antigua de la ciudad. El viaje por China está por concluir. Me quedan pocas horas antes de volver a casa, cruzar al otro extremo del mundo, ajustar el reloj nuevamente y regresar a mi rutina. Una vez en Buenos Aires no olvido el consejo de Claudia y me compro la cinta roja como amuleto de la suerte y también como forma de evocar todas las vivencias de este fascinante viaje por el gigante asiático.

TIPS DEL VIAJERO

Idioma: chino mandarín. Existen otros tantos dialectos locales, como el cantonés. Marco político: el Partido Comunista Chino es el gobernante.

Moneda: renminbi (RMB). Popularmente se lo llama yuán.

Superficie: 9.596.960 km².

Visado: obligatorio.

Habitantes: 1.300 millones.

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